domingo, 24 de mayo de 2015

Templos

Fuera totalmente de lo habitual, llegué puntual a una cita. Con mi margen de error corregido e incluso con minutos ganados, aproveché para darme un breve paseo por la Gran Vía cuando, en la esquina con San Bernardo, descubrí que habían quitado los bancos. Mi banco. El banco donde me había sentado borracha y había mandado un mensaje en inglés sumida en lo más oscuro de mi alma una noche de primavera de hace varios años. Después vendría él, F.,  a rescatarme con un beso y una mirada que ahora que pienso no era de enamorado.
Pensé entonces que ya era de hacer como el Ayuntamiento y ejercer el derecho al derribo y desescombro y de documentar, con ánimo de curar y limpiar heriditas que ya apenas supuraban, todos los templos elevados en memoria de amores que ya no estaban. Supondría la liberación y una especie de ritual de despedida. El momento, básicamente, de dejar la pendejada.


Ya no había recuerdo porque ya no estaba el banco donde lo pasé tan mal.
#desescombrandotemplos

2 comentarios:

Beauséant dijo...

Ojála tuviésemos tan poco memoria como el ayuntamiento (o alguno de sus votantes)

No es bueno convertirse en un yonki de recuerdos..

Aroa Moreno dijo...

A mí me encanta los yonkis de los recuerdos, y qué bueno que estés dándole al pez otra vez.

Esa esquinita. Ay. Qué lejos se me ha quedado ahora que habitamos las afueras.